Si alguien nos cuenta que tiene diabetes o que se fracturó una pierna, nuestra respuesta automática es la empatía. Nadie se acerca al accidentado a decirle: «Oye, pero ponle ganas, si el fémur es algo mental, ¡así es queeeee… arriba arriba y a salir a caminar!!!». Entendemos que el cuerpo tiene límites. Sin embargo, cuando el quiebre ocurre en la mente, el sentido común parece que se va de vacaciones y aparece el estigma: ese hábito tan humano de reducir a alguien a una etiqueta clínica.
Hoy en día nos volvimos todos expertos en «psicologeando». Si alguien tiene Trastorno de Límite de la Personalidad (TLP), la etiqueta social es: «Ojo, es súper tóxica». Si el tráfico de la tarde te transformó el humor, no falta el creativo que dice: «Es que esta mina es bipolar». Y si estás pasando por un dolor profundo, pasas a ser catalogado como «un depresivo». ¡Un poquito de sentido común por favor!
El peligro de este lenguaje es que la etiqueta clasifica y archiva. Incluso a mí me hace ruido hablar de una «condición», porque siento que el término ya te condiciona y te pone un techo. Por eso prefiero hablar de características. Tener un bache en la salud mental no te hace incapaz de tener una vida normal, exitosa y fabulosa. Es una característica de tu salud en un momento dado, igual que ser corto de vista o tener colon irritable.
«Ser diferente no es ser raro. Ir contra nuestra propia corriente, intentando encajar a la fuerza en un molde perfecto, solo hace que el recorrido sea más difícil. El verdadero súper poder esta en mirar con ojos diferentes aquello que no nos encanta de nosotros mismos y aprender a amarlo.»
Sí, tal cual como lo lees, amar el combo completo. Con nuestras luces, con nuestras sombras y esas «rarezas» que nos hacen únicos. Cuando dejas de pelear con lo que eres y te miras con más ternura y quizás un poquito de humor para reírte de tus propios dramas, la carga se vuelve muchísimo más llevadera. Al final, no estamos «rotos»; somos seres humanos valientes aprendiendo a gestionar nuestro bienestar.
Desarmemos las etiquetas y devolvámosles los diagnósticos a los manuales médicos. Empecemos a construir una sociedad donde la diferencia sea bienvenida, donde usemos las palabras para sanar y donde abrazar nuestra propia mente sea visto como lo que realmente es: el acto más profundo de dignidad, amor propio… y total cordura.

Por Belén Gutiérrez (Psicóloga, Coach y Conductora radial)